Finalizada nuestra aventura exitosa en Castropol, el sábado por la mañana, aprovechamos la tarde para visitar la localidad y realizar algunas compras. Al día siguiente a las 5,30 h. nos dirigimos a Grandas de Salime, a poco más de 70 kilómetros pero a una hora y media de coche, circulando por impresionantes valles, bordeando cumbres y observando la belleza de Asturias y la particularidad de sus caseríos y pueblos.

Grandas de Salime es la capital del Concejo desde 1836. La inundación por la realización del pantano en Salime en 1945, hizo florecer esta ciudad. Está en el Camino de Santiago en el trayecto asturiano y es obligado visitar el Museo Etnográfico, el Castro y el Museo de Chao Samartín, la preciosa Colegiata de el Salvador, el Túmulo de Canadeiro o los Petroglifos de la Xorenga. Allí nos espera Manuel Soto, Presidente de la Sociedad Local de Caza y Rafael uno de los guardas. Realizadas las presentaciones de rigor, nos dividimos mi hermano y Vicen con el guarda Rafael, a Paco y a mi nos acompañará Manuel.

El cazadero de Granda es distinto, existiendo menos prados y mucho más monte, lo que según Manuel produce mejores corzos. Su forma de cazar es en batidas de jabalí con perros de rastro en cuadrillas. Las cuadrillas están formadas por un máximo de 15 cazadores y 8 perros de rastro, sorteándose los lotes de sierra entre las cuadrillas existentes, cazándose desde septiembre hasta febrero. Es de destacar la hermandad existente entre las cuadrillas y los muchos años que llevan cazando, pasando de padres a hijos el pertenecer a las mismas. También pueden tirar un número determinado de corzos, concediéndose 30 permisos de rececho de corzo, que son gestionados y vendidos por la Sociedad para costear los gastos del coto.

Nada más empezar vimos un buen macho con tres corzas en un prado a poco menos de 200 metros de la carretera. El corzo estaba tumbado y después de mirarlo y remirarlo, Paco decide no tirarlo porque aunque de mucho grosor en su base, sólo tenía dos puntas en una de sus cuernas. Después de mirar en varios prados más, Manuel decide entrar en los pinos, donde el corzo a partir de cierta hora, entra a sestear. Allí pudimos comprobar el destrozo realizado por los fuertes vientos, tirando pinos de más de 8 metros de altura y un considerable grosor de tronco. Únicamente vimos algunas hembras.
La vegetación es distinta a la de Castropol, ya que la humedad del Mar Cantábrico da a sus sierras un color distinto, mientras que en Granda, la nieve y las pocas lluvias dan a sus pactos menos altura y un color especial a los helechos secos y al monte bajo.
Después de comer mariscos en Castropol, regresamos por la tarde y visitamos prácticamente los mismos cazaderos, no viendo más que hembras. Ya anocheciendo hicimos una espera en un prado, donde pastaban dos corzas y un macho pequeño y que solía rondar un buen macho, pero en esta ocasión, salió de noche y Paco decidió tirarlo, no acusando el tiro. Yo nunca lo hubiera hecho teniendo en cuenta la distancia, la falta de luz y el no poder apreciar la calidad del corzo.
Llegamos al hotel, donde nos espera nuestro amigo y cazador César, cenamos contándonos nuestros avatares y a la cama que el lunes había que madrugar.
Manuel el Presidente decide acompañar a César, por lo que a nosotros nos acompañará Ramón, el otro guarda que había cumplido con otro cazador el día anterior.

Ramón es un perfecto conocedor de la sierra, sus muchos años de guarda le dan ese saber que sólo se adquiere con la práctica, pero es poco hablador (como hombre de sierra que es). Por la mañana visitamos los mismos prados que con Manuel, viendo nada más que hembras y por la tarde, después de comer unas impresionantes habichuelas con corzo y pierna de jabalí al horno en el Restaurante “La Parrilla”, nos dirigimos a un nuevo cazadero que era una gran meseta con infinidad de barrancos pequeños, con muchos más prados y líneas de monte, donde vimos varios corzos uno de ellos algo bueno, además de varetos y muchas corzas. Bajando a las laderas del pantano de Salime vimos dos corzas pastando, por lo que empezamos a buscar el macho, que según Ramón, siempre estaba con las hembras. De pronto y saliendo de unas matas, aparece un corzo que después de mirarlo parecía bueno, sobretodo por las indicaciones de Ramón, por lo que Paco decide tirarlo. El tiro de más de 185 metros y con monte, fue espectacular, pero al subir nos encontramos el desengaño de que el corzo era pequeño y no cubría las aspiraciones de Paco, por lo que lo recogemos y volvemos al pueblo, no sin antes dar una vuelta por los alrededores de Granda, donde pudimos comprobar la belleza del Camino de Santiago y las distintas rutas de senderos bajo robles, encinas, pinos y castaños. También pudimos ver muchos reses en las inmediaciones del pueblo, hasta que se hizo de noche. En estas tierras anochece mucho más tarde que en la nuestra.

Creo importante la labor del Secretario, que en esta ocasión me toco desempeñar, cargando con los prismáticos, el trípode, la cámara fotográfica, la de vídeo, el telescopio y bajarse en muy poco tiempo de un Vitara con el asiento roto, por lo que tenía que saltar por el asiento delantero y estando puntual con todos los bártulos. Pero cazar con Paco tiene un sabor y un aliciente distinto y particular, son muchos años cazando juntos.
Al día siguiente, madrugón para preparar las maletas y preparar la última jornada mañanera de caza, con la desilusión de que mi hermano había tirado un corzo con un sólo cuerno, Paco uno pequeño y Vicen no había pegado un tiro. Cesar si había abatido un trofeo medallable. Volvimos al cazadero del primer día, que podemos considerar de alta montaña, comparándolo con el del día anterior, con carreteras de vértigo y curvas infinitas.

Siempre, al bajar al río, pecho en frente, veíamos un caserío con unos prados que según Ramón, estaban abandonados por la muerte del propietario, quedando sólo su esposa que se marchó con los hijos a Oviedo. Aquello me llamo la atención y tenía ganas de visitar esos verdes y preciosos prados. Después de visitar los pinos, Ramón decidió asomarnos a la finca abandonada donde nos encontramos pactando dos corzas a poco más de 70 metros. Después de un buen rato mirando sale, como de la nada, un precioso corzo, que Paco duda en tirar pero que Ramón y yo le animamos a que lo haga ya que es bueno. Espera demasiado estando el corzo parado y comiendo, pero de pronto una ladra de una de las corzas que nos ve, pega varios saltos y en décimas de segundo recorre los más de 20 metros que lo separan del monte. Es impresionante la velocidad que estos pequeños cérvidos pueden coger cuando se encuentran incómodos, por eso son los Duendes del Bosque. Cuando ya está prácticamente cubriéndose con el monte, le manda Paco un balazo que no vemos acusar al macho, ya cubierto con el monte. Bajamos a rastrear y efectivamente encuentro bastante sangre, seguimos el rastro hasta que Ramón lo encuentra, con un tiro bajo pero certero. El trofeo impresionante con cinco puntas, pero que cuesta trabajo meter el metro para medir las rosetas por lo grande y juntas que las tiene. Ahora si hay felicitaciones, alegrías, sonrisas y abrazos. Ha merecido la pena tantos días, pero ya tiene su gran trofeo de corzo de 108 puntos y medalla de plata, que quizás sea lo de menos, lo importante es el lance, las vivencias y la hermandad del grupo de amigos y hermanos.
